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El oficio y el maestro: Miguel Ángel

La historia de un maestro juguetero. Transmisión del conocimiento, territorio y por qué la artesanía también es sostenibilidad.

Pedro Molina, el origen

Su infancia transcurrió junto a la estación de ferrocarril, un lugar que marcó para siempre su imaginario. Allí pasaba horas observando trenes, vagones, ruedas y mecanismos. Se acercaba con la bicicleta, daba vueltas entre las máquinas y miraba con atención cómo estaban hechas. Años después reconocería que de ahí salieron muchos de sus modelos.
«Así saqué el parecido para el tren de madera que hago desde hace casi sesenta años», contaba.
Desde muy pequeño mostró una inclinación natural por la carpintería. Mientras otros niños jugaban, él prefería copiar el mundo real a pequeña escala: mesas, sillas, carros… y, más adelante, juguetes.
 
La Guerra Civil marcó un punto de inflexión. Pedro tuvo que huir de Jaén y llegó a Cuenca durante los últimos meses del conflicto, acompañado de otros combatientes. En ese tránsito vio convoyes, camiones militares y vehículos de guerra cuyas formas quedarían grabadas en su memoria.
Tras el final de la guerra, se asentó definitivamente en Cuenca. El azar y la hospitalidad le ofrecieron un hogar y una familia. Acabó trabajando en dependencias anexas a un antiguo convento, donde comenzó como carpintero, colaborando en arreglos y reutilizando aquello que otros desechaban.

Cuando los frailes abandonaron la ciudad, Pedro se quedó con el espacio y lo transformó en su taller. Lo montó con ingenio, rescatando maquinaria de fábricas derruidas en Madrid, reutilizando motores antiguos y adaptando herramientas. Cualquier objeto podía tener una segunda vida entre sus manos.
Durante más de cuarenta años mantuvo abierto su taller. Primero como carpintería, después como juguetería. Nunca se dejó arrastrar por la moda ni por la producción rápida.
Imágenes reales que llevaba décadas observando —como los camiones rusos que llegaron durante la guerra— acabaron convirtiéndose en juguetes de madera, transformando la memoria del conflicto en objetos comprensibles y duraderos.

Con el tiempo, muchas personas pasaron por su taller para aprender.
Ese saber, transmitido sin prisa y sin discursos, es el que heredó Miguel Ángel.
La artesanía también es sostenibilidad porque parte del conocimiento del territorio, del respeto por los materiales y del uso consciente de los recursos. No busca producir más, sino producir mejor. Trabaja con tiempos largos, aprovecha lo que ya existe y da valor a lo que otros descartan.
Frente a la lógica de lo rápido y lo desechable, la artesanía propone objetos pensados para durar, para repararse y para transmitirse. Sostener un oficio es, en el fondo, sostener una forma de relación más equilibrada con el entorno y con las personas.
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