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La trashumancia es una de las prácticas ganaderas más antiguas del mundo, nacida de la necesidad de aprovechar los distintos recursos naturales a lo largo del año. Consiste en el desplazamiento estacional de los rebaños entre pastos de invierno y de verano, siguiendo rutas establecidas —cañadas, cordeles, veredas…— que se convirtieron en verdaderas autopistas culturales y económicas. 

En la Península Ibérica, la trashumancia está documentada desde tiempos prerromanos y alcanzó su máximo esplendor en la Edad Media, cuando
la Mesta, fundada en 1273 por Alfonso X el Sabio, reguló y protegió este sistema. Durante siglos, fue un motor económico que favoreció el comercio de la lana merina, reconocida en toda Europa, y al mismo tiempo moldeó el paisaje rural y la vida de numerosas comunidades.
Con la industrialización y el éxodo rural, la práctica decayó notablemente en el siglo XX, aunque nunca llegó a desaparecer.
Hoy, la trashumancia ha sido reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO (2019), por su valor como ejemplo de uso sostenible de los recursos naturales, su capacidad para conservar biodiversidad y su importancia en la transmisión de conocimientos ancestrales.

En la actualidad, la trashumancia no solo sobrevive como actividad ganadera, sino que también
se reivindica como un modelo de sostenibilidad frente al cambio climático. Sus rutas mantienen vivos los paisajes culturales, contribuyen al equilibrio ecológico al favorecer la fertilidad de los suelos y la dispersión de semillas, y constituyen un puente entre tradición y futuro.
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Las Cañadas Reales

Son las grandes vías pecuarias que atraviesan España y que, durante siglos, permitieron el tránsito de millones de cabezas de ganado trashumante. En total suman más de 125.000 kilómetros de longitud, lo que convierte a la red española en una de las más extensas de Europa. Estas rutas, de hasta 75 metros de ancho, no solo eran caminos para los rebaños, sino también arterias económicas, sociales y culturales, conectando territorios, favoreciendo el comercio y sirviendo como espacio de intercambio cultural.

Hoy, aunque muchas han perdido su uso original, las cañadas siguen siendo un patrimonio vivo: corredores ecológicos que mantienen la conectividad de ecosistemas, caminos para el senderismo y la educación ambiental, y testimonio histórico de un modo de vida que marcó profundamente a las comunidades rurales.

Vamos redescubrir las Cañadas Reales desde otra mirada: no solo como antiguos caminos de pastores, sino como un legado cultural y ecológico que conecta pasado y presente. La cañada se convierte en la auténtica protagonista, uniendo territorios y rompiendo las barreras entre comunidades.

LA CAÑADA REAL SEGOVIANA

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